Gremios universitarios

ES CONOCIDO que los gremios tienen sus raíces en la Edad Media como asociación de artesanos de un mismo oficio. En ellos se establecía una escala profesional: aprendices, oficiales y maestros, desde los 12 años hasta los 30-40, cuando se adquiría el grado máximo. Uno de los gremios medievales más estrictos en el paso de un estadio a otro es el de constructores de edificios y catedrales, cuyos maestros mantenían en secreto sus cálculos. Precisamente parte de los ritos que se establecían para alcanzar el grado de maestro ha pasado a la masonería. El liberalismo del siglo XIX acabó con esta rígida estructura establecida para ejercer un trabajo. Fue el Estado el que se hizo cargo de ordenar la enseñanza para desempeñar una profesión, pero también surgieron los colegios profesionales que daban cobertura a una serie de requisitos para el ejercicio profesional. Así, hoy tenemos el Colegio de Médicos, el de Abogados o el de Arquitectos, en los que deben estar inscritos quienes están capacitados legalmente y quieren ejercer. Existen en otras actividades, pero su peso suele ser menor y su actividad residual, sin la obligación de inscribirse para ejercer, como los Colegios de Doctores y Licenciados.

La estructura universitaria pública tiene todavía rasgos gremiales, no en balde muchas de ellas nacieron en la Baja Edad Media y mantienen el entramado de dominación de los que adquieren la categoría de maestros. Y el modelo se extiende por todos los países porque los profesores universitarios consagrados deciden quiénes pueden adquirir el estatus de docente. La selección, en teoría, debe estar basada fundamentalmente en el trabajo y la capacidad del aspirante, pero también cuenta la relación que mantenga con quienes deciden. En todo caso desarrollará empatía y una cierta sumisión durante el tiempo que dure su preparación para su consagración como docente definitivo. Las diferencias entre Universidades suelen estar determinadas por la mayor o menor incidencia en la objetividad curricular de los aspirantes. Otros factores ajenos al valor de sus aportaciones científicas o intelectuales cuentan muchas veces más que el propio currículo: la pertenencia a una escuela determinada y su capacidad de poder, la ideología, y dentro de ella la vinculación a determinadas organizaciones políticas o religiosas, o las relaciones personales que se deriven de los favores o contrafavores que las cúpulas establezcan. Los abogados del Estado o los jueces, p.ej., son designados a través de pruebas en las que la relación personal tiene poco papel. En cambio, en la Universidad el factor humano es clave en la selección, lo que en principio no tiene por qué empañar que los designados sean los más adecuados, aunque ese factor humano y sus circunstancias condicionen, de manera preponderante en muchas ocasiones, la elección de los candidatos.

La Universidad, española o no, suele parecerse a una «reserva india» que le permite disponer de una autonomía y de un espacio que otras parcelas de la sociedad y del Estado no tienen y por ello los docentes consagrados disponen de libertad para establecer sus prioridades intelectuales o científicas. Es verdad que si quieren mantener la competencia en su área deben estar en tensión permanente para responder a las tendencias en las investigaciones que van surgiendo. Y en ello puede haber diferencias notables entre las ramas de las ciencias puras y las humanidades, en relación con la disponibilidad presupuestaria que tengan y los resultados que obtengan. Sin embargo, muchas de las aportaciones no tienen ninguna incidencia social ni científica y quedan solo para el ámbito curricular de los investigadores. Solo la convivencia en los Departamentos, con las pugnas de egos, las animadversiones entre sus miembros, las disputas por controlar determinadas actividades remuneradas o de prestancia, provocan luchas cainitas que hacen que las Universidades se asemejen a las disputas de la vida política, pero en cutre.

Fuente: http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2018/04/16/5ad37b8422601df2038b45bd.html
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